martes, 2 de junio de 2026

De Católica Romana a Protestante Evangélica. No, no ha sido fácil, pero ha valido la pena.

 No fue fácil atravesar uno de los mayores desiertos espirituales en plena juventud justo después de uno de los mayores anhelos de la vida, ser religiosa Carmelita. Tampoco fue fácil reconocer que necesitaba ayuda. No fue placentero, en absoluto, haberme aferrado a mi comunidad eclesiástica buscando refugio y consuelo econtrando indiferencia y algo de juicio.

No recuerdo que haya sido fácil experimentar el desamparo absoluto y tener únicamente el nombre de Jesús como referencia de aquel lugar seguro para mi alma. Fue entonces cuando, haciendo memoria de predicaciones, cantos, lecturas, experiencias, rostros felices y de la Palabra leída, encontré lo necesario para buscar a Dios en todas sus formas y lugares.

Me encontré frente a un sagrario tan amado y, a la vez, tan silencioso para mi alma. Encontré una comunidad llena de gente y, sin embargo, tan solitaria. Hallé una vida de servicio tan ocupada en la obra del Señor, que terminé olvidando al Señor de la obra.

Y allí, en medio de mi gran necesidad, clamé a Dios desde la intimidad de mi silencio interior. Entonces despertó en mí la curiosidad de pisar tierra lejos de mi comunidad familiar. Escuché por primera vez un evangelio no diluido entre palabras de hombres y la culpa, esa fiel compañera de aquella tradición. Escuché, con total desnudez, las promesas de un Dios que perdona, que restaura, que sale al encuentro sin intermediarios ni acciones que el hombre imponga para recibirle. Una salvación solo por gracia, solo por su palabra, solo por fé, solo en Cristo, solo a Dios sea la Gloria.

El Señor del cielo y de la tierra, en toda su plenitud, se reveló ante mí por medio de sus promesas:

“Entonces me dijo: ‘No tengas miedo, Daniel. Tu petición fue escuchada desde el primer día en que te propusiste ganar entendimiento y humillarte ante tu Dios. En respuesta a ella estoy aquí.’” (Daniel 10:12)

“‘No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia.’” (Isaías 41:10)

“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?... Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.” (Romanos 8:35-37)

Desde ese día no puedo, ni quiero, volver atrás, porque mi alma solo encuentra descanso en la Palabra de Dios, que se manifiesta en plenitud para guiar y cuidar mis pasos hacia Su morada eterna.

No fue fácil aceptar con buena voluntad haber perdido el lugar que durante años labré entre mis amigos, mi comunidad eclesial y la opinión pública. No fue fácil ver desvanecerse en la distancia relaciones que consideraba perennes y fuertes. En silencio viví mi duelo y mi tristeza, pero la relación personal que ahora tengo con Jesús, Rey de reyes y Señor de señores, ocupa todo mi universo.

No fue fácil ver cómo mi rastro era borrado de aquellos retiros, grupos y amistades que, en nombre del Señor, ayudé a formar. Qué ironía: dejar a Dios por Dios.

No fue una desilusión; fue el descubrimiento de un camino hecho a la medida de la necesidad de mi alma. Que Dios me ayude, me bendiga y me sostenga entre lo que fue, lo que es y lo que será de mí, porque no, no ha sido fácil.

Pero ha valido la pena. Dios sea delante de mí en todo tiempo.