martes, 11 de agosto de 2026

¡Cállate alma mía, cállate!


Y regreso al silencio.

A ese lugar desde donde todo comienza y hacia donde, tarde o temprano, me dirijo.

Silenciar el ego.

Silenciar la mente, los impulsos, los hábitos que me alejan de quien quiero ser.

Silenciar esa inevitable naturaleza humana que amplifica el error y, a veces, olvida la esperanza.

Ojalá el silencio me encuentre antes que el juicio que me nace cuando algo no se parece a mi propio criterio.

Antes de responder.

Antes de señalar.

Antes de olvidar que también yo estoy aprendiendo.

Y cuando la empatía no alcance, cuando la voluntad de aceptar al otro se quede corta, que sea el silencio quien construya el puente.

Que sea él quien me recuerde que no todo necesita una respuesta, ni toda diferencia necesita una batalla.

Callar no es rendirse. Es escuchar. Es comprender, o al menos intentarlo. Es elegir la paz por encima de tener la razón.

Así que, alma mía, vuelve al silencio. Respira. Escucha. Y recuerda: No todo lo que merece ser dicho necesita ser pronunciado.

Cállate, alma mía. Cállate... que quizá en el silencio sea donde vuelvas a encontrarte.

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